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Museo Egipcio de El Cairo; una visita a los tesoros de Egipto

Visitar el Museo del Cairo  es fascinante, a pesar de la riada de turistas y los engorrosos controles para entrar. El secreto está en evitar los rebaños y centrarse en las salas pequeñas. Para visitar los lugares que albergan los tesoros arqueológicos más populares (tipo Tutankahamon) conviene acercarse por la tarde, que es cuando los “tour leaders” conducen a sus manadas a los chamarileros de Khan-el-Khalili o a algún otro taller de orfebrería faraónica, o acaso a la consabida fábrica de papiros. Las sesenta libras egipcias que cuesta la entrada (en una década han triplicado el precio) se justifican plenamente; si bien no se entiende como con tan pingües ingresos el Servicio de Antigüedades mantiene salas (como, por ejemplo, la 25 y la 15) en lamentable estado de conservación; con etiquetas (donde las haya) que no han sido renovadas en los últimos cien años.

Con todo, uno se queda más tranquilo sabiendo que una mínima parte de los tesoros egipcios se encuentra en manos seguras, aún a riesgo de que lo llamen tardo imperialista. Que no haya fondos para restaurar los catafalcos sobre los que descansan decenas de sarcófagos o para renovar de arriba a abajo los textos obsoletos, inexactos o ilegibles, que acompañan a multitud de piezas extraordinarias, resulta inverosímil considerando lo que ingresa directamente el Departamento de Antigüedades por las visitas al museo y a los lugares arqueológicos y el Gobierno a través de los dólares que se embolsa con cada turista por medio del visado.

Y, a pesar de lo difícil que es seguirle el ritmo a esa ciudad superpoblada; de los ruidos, humos y demás incomodidades, agobiado por la mole de los grandes hoteles y de las inacabables obras de la Plaza deTaharir, sigue sobreviviendo uno de los pocos edificios nobles que van quedando en la capital cairota, y en el que merece la pena perderse unas horas, deambulando por sus salas anacrónicas y polvorientas, disfrutando de su aroma decadente y único.

Extraído del Artículo de Luis de Palacio para Siglo XXI

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