Mercado de esclavos en la antigua Roma

Texto de Javier Ramos/La vida en Roma

Ya vimos en un anterior capítulo cómo en Roma la esclavitud estaba extendida por todo el Imperio y los esclavos eran tratados como una posesión más de sus amos. Se estima que uno de cada tres habitantes del antiguo imperio era esclavo, algunos lo eran como propiedad de particulares, otros bajo el control del Estado.esclavos-romanos

Durante la República, la mayoría de los esclavos traídos a Roma y puestos a la venta eran prisioneros de guerra. Los prisioneros eran vendidos lo antes posible tras ser capturados, para que el general pudiera librarse de los problemas y peligros que suponía alimentar y vigilar a un número de hombres tan grande en un país hostil. Los esclavos obtenidos de esta manera solían ser hombres, y posiblemente gozaban de un estado saludable y de fortaleza física porque habían combatido como soldados. Estos prisioneros llevaban coronas sobre la cabeza, como lo hacían las víctimas ofrecidas en un sacrificio.

Las expresiones sub hasta venire y sub corona venire, venían a tener prácticamente el mismo significado; ser venidos como esclavos. Una lanza ( o hasta), era siempre la señal de una venta dirigida bajo la supervisión de una autoridad pública. La lanza era clavada en el suelo para marcar el lugar de la venta.esclavos-roma4

Los compradores eran los llamados mangones tratantes al por mayor que acompañaban siempre al ejército, junto con otros comerciantes y vendedores ambulantes. Después reunían a sus esclavos comprados en almacenes destinados para esta función y, cuando habían recogido un número suficiente, se los llevaban a Roma encadenados o bajo vigilancia para venderlos a tratantes locales o a particulares. Estos tratantes ofrecían su mercancía en subastas públicas. Las mismas eran supervisadas por los ediles, que fijaban el lugar de la venta y marcaban las reglas y regulaciones que seguirían. La venta era dirigida por un cuestor.

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Sobre los esclavos importados se aplicaba un impuesto. Se ofrecían a la venta con los pies blanqueados con tiza; los del este tenían las orejas perforadas, un signo habitual de esclavitud entre los pueblos orientales. Cuando se tenían que pedir ofertas por un esclavo, se le hacía subir sobre una plataforma o una piedra para elevarlo y hacerlo visible. 

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  •  Llevaban colgado al cuello un letrero (titulus) donde se describía su carácter y que servía de garantía para el comprador. Ademas a muchos esclavos se les colocaban collares de bronce donde se indicaba a quién pertenecían.
  • Si el esclavo tenía defectos que no eran comunicados en esta garantía, el vendedor estaba obligado a recuperarlo en un plazo de seis meses o devolver el dinero del comprador.

A pesar de la garantía, el comprador se cuidaba de examinar al esclavo con la mayor minuciosidad posible. Por eso el comprador solía desnudarlo, hacer que se moviera, manosearlo con entera libertad e incluso mandar un examen por parte de un médico. Si el vendedor no ofrecía ninguna garantía, en el momento de la venta al esclavo le ponían un sombrero (pilles), y el comprador asumía todos los riesgos.

El tratante también podía ofrecer sus esclavos en una venta privada. Éste era el procedimiento seguido con esclavos de un valor poco habitual y especialmente con aquellos dotados de una belleza personal llamativa.

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Mercado de esclavos en Roma” de Jean-Léon Gérôme (1884)

En Roma, los esclavos masculinos variaban en valor desde 100 dólares actuales pagados por trabajadores comunes en época de Horacio hasta los 28.000 pagados por Marco Escauro por un reputado grammaticus. Los chicos guapos, bien enseñados y educados alcanzaban los 4.000 dólares. También se pagaban precios muy elevados por chicas guapas y expertas.

Aunque la esclavitud no fue abolida nunca en el Imperio romano, un esclavo siempre dependía de la buena voluntad del propietario para beneficiarse de una serie de privilegios como poder criar una familia y mantenerla bajo el techo del amo. Incluso el esclavo podía optar a convertirse en liberto si gozaba del afecto de su amo gracias a los favores prestados a lo largo de su etapa como sirviente.liberto

LA MANUMISSIO

La manumisión (manumissio) representaba el acto a través del cual el dueño concedía la libertad a alguno de sus esclavos. El significado del término manumissio  manu = poder y mittere = renunciar significa,  literalmente renunciar al poder. Era la manera de que el sirviente se convertirse en una nueva persona y subiera un peldaño en la escala social, a pesar de que, su pasado como esclavo seguiría siendo una sombra difícil de borrar.Esclavo_romano

Habia diferencias entre los esclavos manumitidos de forma solemne a través del derecho con la presencia de un magistrado y los que adquirian la libertad de hecho, como a través de una carta escrita por el amo (per epistulam), con una simple declaración hecha por los mismos en presencia de amigos (inter amicos), o sentando al esclavo en su mesa (per mensam). La ley Iunia Norbana, promulgada por Tiberio, acabó convirtiendo a los esclavos manumitidos fuera del derecho en ciudadanos  latini iuniani.

Generalmente,  los esclavos a los que se les concedía la su manumissio continuaban trabajando para los mismos amos que ahora eran sus patronos. 

Bibliografía:

  • Hrold W. Johnston;La vida en la antigua Roma;
  • Robert C. Knapp;Los olvidados de Roma

1 Comentario a "Mercado de esclavos en la antigua Roma"

  1. 8 septiembre, 2013 - 9:19 | Enlace permanente

    La riqueza es “ocasión grande de las ruinas humanas”, dice Séneca, “porque si hacemos comparación de las demás cosas que nos congojan, como son la muerte, las enfermedades, los temores, los deseos, y el padecer dolores y trabajos, con los demás daños que nuestro dinero nos acarrea, hallarás que la hacienda es la que nos pone mayor gravamen; y así debemos ponderar cuán más ligero dolor es no tenerla, que el perderla después de tenida”.

    Sabido es que Séneca estuvo en la corte del emperador Nerón, por lo que gozaría de riquezas, pero una cosa es la vida real y otra los pensamientos en los que el filósofo se adentra cuando quiere buscar la felicidad para sí y para el ser humano en general. También es muy conocida la frase de que el rico, cuando muere, deja de ser rico, mientras que el pobre, cuando muere, deja de ser pobre, pero es raro encontrar a alguien que renuncie a las riquezas para evitar perderlas a la hora de su muerte.

    En su obra “De tanquilitate animi” (sobre la tranquilidad del espíritu), Séneca nos dice que nos engañamos si consideramos que los ricos sufren menos por sus pérdidas que el pobre, que no puede sufrir por esta causa, pues no tiene riquezas. “El dolor de las heridas es igual a los pigmeos y gigantes… el mismo dolor sentían los calvos que los guedejudos, cuando les arrancaban algún cabello”, y añade: “más tolerable es el no adquirir que el perder… Bien conoció esta verdad Diógenes… y dispúsose a no poseer cosa alguna que se le pudiese quitar… solo el reino de la pobreza no puede ser ofendido de los avarientos, de los engañadores, de los ladrones y robadores”.

    Se mete luego Séneca en teologías cuando dice que si alguno duda de la felicidad de Diógenes, podrá también dudar de la de los dioses inmortales, pareciéndole que no viven felices porque no tienen adornados jardines ni preciosas quintas cultivadas, y porque no tienen grandes juros en los erarios. “Tú -dice- que con las riquezas te desvaneces, ¿no te avergüenzas de ello? Vuelve los ojos al mundo, y verás que los dioses, que lo dan todo, están desnudos y sin poseer cosa alguna… ¿Tienes por más dichosos a Demetrio y Pompeyano, que no hubieron vergüenza de ser más ricos que Pompeyo…? “.

    Relata el filósofo que habiéndosele escapado a Diógenes el único esclavo que tenía, llamado Manes, y sanbiendo donde estaba, no hizo nada por recobrarlo, porque “parecería cosa torpe que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, no pudiese Diógenes vivir sin Manes”. De la misma forma podríamos decir nosotros que el obrero no necesita al patrón, pero el patrón sí necesita al obrero si quiere amasar fortuna. Y bueno sería que los banqueros, usureros y especuladores, además de otras “especies” humanas, leyesen a Séneca, por ver si de esta manera se les aclaraban las ideas.
    Lo he leído y está bien. Añado este artículo que tengo yo hace tiempo.

    “Más dichoso es aquel que a nadie debe cosa alguna… Pero ya que no nos hallamos con suficientes fuerzas -renococe Séneca- conviene por lo menos estrechar nuestros patrimonios para estar menos expuestos a las injurias de la fortuna… de la misma suerte es más seguro aquel estado que ni llega a la pobreza ni con demasía se aparta de ella”.

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