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MataHari de exótica bailarina al mito de la espía

Mata Hari la fuerza de un mito

Texto de Sandra MªCerro/ Grafóloga

Su nombre, ya por sí, evoca fascinación.

Mata Hari es, sin duda, uno de esos personajes regalo de la Historia, que nunca dejarán de ser un mito, gracias a su existencia controvertida, intrigante pero, sobre todo, apasionante.

 La vida de Margaretha Zelle es una historia palpitante, llena de entresijos, vaivenes, misterios, amores pasionales y odios profundos, que sólo fue posible, gracias a la extremadamente compleja personalidad de su protagonista.

Biografía del mito

Nacida en Holanda, a finales del XIX, hija de un modesto sombrerero holandés con delirios de “barón”, parece que heredó, ya a edad temprana, el orgullo y la ambición de su padre.

Su belleza y su indiscutible capacidad de seducción, constituyeron sin duda su mejor arma para conseguir todo lo que quería.

Muestra de ello es que incluso el director de la Escuela Normal de Lyden, donde estudió junto con sus hermanos, llegó a arrastrarse llorando a sus pies, en público, suplicando sus atenciones y favores.

Se forjaba así el carácter de una indomable, seductora y magnética adolescente sin escrúpulos.

Fascinada por los uniformes

“Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico”

Su fascinación por los uniformes la hizo interesarse por un anuncio en prensa, en el que un oficial deseaba encontrar “señorita de buen carácter con fines matrimoniales”. Él se llamaba Rudolf MacLeod, y tenía 39 años. Ella tenía 18 años cuando recién casada y, ya embarazada, puso, por primera vez, los pies en las Indias Orientales Holandesas, donde ya comenzaba a fraguarse el personaje de Mata Hari.

La pasión ardiente de los primeros años dio como fruto dos hijos y un estrepitoso divorcio. Margaretha desapareció sin dejar rastro.

Mientras, en París, aparecía una sensual bailarina exótica, supuesta princesa de Javacubierta por los velos del erotismo y seguida constantemente por una corte de amantes, que se hacía llamar Mata Hari.

“Se formó como bailarina en la Francia de principios del s.XX. En los salones parisinos bailaba las sagradas danzas indias del “devandasisher” y el “kandaswami”

“En Madrid, jamás llegué a pisar la calle, porque cada vez que aparecía en la puerta del Hotel Ritz, una legión de caballeros arrojaban sus capas al suelo para que caminara sobre ellas, poniendo ante mí una alfombra que nunca se acababa”.(Mata Hari)

¿Espía o sólo amante?

Durante el estallido de la Primera Guerra Mundial, Mata Hari estaba actuando en Berlín, y era amante del cónsul alemán en Ámsterdam, que a su vez era jefe de espionaje de Alemania.


La intriga estaba servida en bandeja de plata. Mata Hari fue propuesta como espía al servicio de los alemanes, pero el cónsul no contó con el temperamento desarraigado y contradictorio de la dama que, no se sabe si con ingenio o con afán de aventura, aceptó ser también espía de los franceses, a propuesta del capitán Ladoux, Jefe del Servicio de Espionaje y Contraespionaje de Francia.

Mata Hari se convierte así en la agente H-21.

“¿Una ramera? ¡Sí!, pero una traidora ¡jamás!”

En febrero de 1917, Mata Hari es arrestada y acusada de alta traición por la justicia francesa, y protagonista de un farragoso juicio, donde nunca, hasta hoy, ha quedado claro si realmente actuó como espía, o simplemente se dedicó a juguetear de cama en cama, con esos uniformes militares de distintas nacionalidades que tanto la atraían…

La personalidad en su escritura

De la interpretación grafológica de sus cartas manuscritas, las cualidades más sobresalientes de esta dama “espía” son el orgullo y el fuerte temperamento. Es extraordinariamente patente su deseo de sobresalir, de ser el centro de las atenciones, de marcar presencia con una fortaleza y un carisma arrolladores y, sobre todo, esa capacidad impositora para conseguir todo capricho que pudiera desear.

Sin lugar a ninguna duda, no era una mujer apacible y dulce, y mucho menos sumisa, sino todo lo contrario, una dama de las de armas tomar, caprichosa, inflexible, que podía incluso llegar a ser mordaz e hiriente con hechos y palabras. No se trata, la suya, de una personalidad oscura, pero sí ocultadora y sibilina, con tendencia a controlarlo todo y a manejar los hilos de su tela de contactos a su antojo, con total seguridad y confianza en sí misma. De que era inteligente tampoco cabe duda alguna, pero era más idealista que práctica, y con una autoestima exacerbada que rayaba en mucho la megalomanía.

Escrúpulos no le sobraban y soberbia tampoco, con lo que sus obstáculos podían ser derribados con absoluta frialdad por su tan imperturbable como impetuoso carisma. Asimismo, se aprecia en sus escritos una clara tendencia hacia los bienes materiales y los placeres terrenales, y una fuerte querencia hacia la manipulación encubierta, con el solo objetivo de conseguir favores para saciar su propio ego y para conseguir su fabulada grandeza.

Muchos estudiosos de este personaje han llegado a dudar que pudiese alcanzar tanto poder de seducción solamente con su belleza que, de acuerdo con los cánones de la época, tampoco era para tirar cohetes. Me atrevo a apostar que a aquellos varones les perturbaba más aquel temperamento implacable y dominador, seductor a la vez que seguro, e incluso rebelde, nada que ver con las damas dóciles y edulcoradas a cuya compañía estaban acostumbrados.

Podría decirse, que Mata Hari fue y vivió, lo que ella misma quiso ser y vivir y, frente a los convulsos avatares del destino, fue solamente ella, y gracias a su potente temperamento, quien tejió sutilmente los hilos de una existencia inigualable, dando vida a un personaje destinado, desde el principio, a ser un mito de la historia.

La ejecución de Mata Hari

La prensa de la época se hizo eco, con todo lujo de detalles e incluso rayando el morbo, de cómo fue la muerte de la espía más seductora y enigmática de la historia.

Hay crónicas que atestiguan que se vistió, maquilló y arregló con llamativo y lujoso ceremonial, y mantuvo su fortaleza y altivez hasta el último momento, en que estuvo frente al pelotón de fusilamiento.

No quiso colocarse la venda sobre los ojos, y mantuvo la mirada firme sobre cada uno de los doce soldados, hasta el punto, se dice, que a más de uno hizo flaquear, aún en tal macabra circunstancia, seducidos por su inquietante presencia y cautivados por el beso que ella les lanzó a modo de adiós.

Mata Hari murió mirando al cielo, el 15 de octubre de 1917.

Nadie reclamó su cadáver; su cuerpo fue cedido a los estudiantes de la Facultad de Medicina y su cabeza pasó a exhibirse en el Museo de Criminales de Francia, hasta que desapareció en 1958.

Sandra Cerro. Grafóloga y Perito calígrafo.

www.sandracerro.com

Fuentes

  • http://www.mata-hari.com
  • Artículo: “The Execution of Mata Hari, 1917,” EyeWitness to History, www.eyewitnesstohistory.com (2005).
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