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La Augusta Elena

MAYO: LA AUGUSTA ELENA 

Por Isabel Barceló / 12 Meses, 12 Mujeres de la Antigüedad

Las cruces de mayo, fiesta de carácter popular que se celebra en muchos lugares de España y de otros países hispanos, durante la cual se levantan en las calles cruces decoradas con flores y frutos, evocan un acontecimiento relacionado con Elena, mujer poco común cuya vida se desarrolló entre los siglos III y IV de nuestra era.

Elena con la Vera cruz, por Francesco Morandini

No puede decirse que Elena tuviera una vida fácil. De oscuro origen, probablemente nacida en una ciudad de Bitinia – actual Turquía – hacia el año 248 de nuestra era, nada se sabe de su infancia. Debió ser paupérrima, pues en su juventud ejercía de stabularia es decir, trabajaba como moza de cuadra y de placer en una hospedería.

De espléndida belleza y, según dicen, porte regio, no es de extrañar que se fijara en ella Constancio Cloro, un alto militar del ejército romano, de su misma edad. Ese encuentro no fue pasajero.

 Elena se convirtió en su concubina, una relación muy común en la época pues el matrimonio entre altos oficiales y la población del lugar no estaba autorizado por las leyes romanas.

Busto de Constancio Cloro padre de Constantino

En el 270 Elena dio a luz a un hijo varón, a quien llamaron Constantino y probablemente acompañó a su amante en sus sucesivos destinos, muchos, pues la época era tormentosa y el imperio romano corría el riesgo de deshacerse en pedazos por razón de las luchas internas. Baste decir que en quince años habían sido asesinados doce emperadores legítimos e ilegítimos.
En ese contexto de inestabilidad, Constancio Cloro avanzó rápidamente en su carrera militar y política. Y ese ascenso tuvo sus exigencias y su precio.

Elena, pese a su belleza y prestancia, no era nadie socialmente hablando. Mucho más valiosas eran las buenas relaciones de Constancio con sus conmilitones y sus superiores. Era muy apreciado por el emperador Maximiano quien, al tiempo que lo nombraba César, le ofreció un matrimonio con su hijastra Teodora para reforzar su alianza. Así pues, cuando ese matrimonio se celebró en el 293, Elena fue definitivamente abandonada por su amante y se replegó en sí misma.  Su vida quedó en la oscuridad.

No se conoce nada de la vida ni de las actividades de Elena durante los siguientes años. Su antiguo amante continuó su ascenso y ocupó el trono del Imperio Romano de Occidente con el nombre de Constancio I. Quizá el único consuelo para ella era el saber que su hijo se formaba con su padre y ganaba prestigio en el ejército. Y así, a la muerte del emperador Constancio y pese a que éste había tenido varios hijos legítimos con su esposa Teodora, Constantino fue proclamado emperador por los propios soldados.
Volvió así a la luz Elena. Su hijo la llamó a su lado y la colmó de honores.

Elena, sin embargo, no había perdonado y ya fuera por amor o por rencor hacia su antiguo amante y padre de su hijo, por orgullo, o por odio, exigió implacablemente a su hijo el destierro de su antigua rival Teodora.  Y lo consiguió, pese a que Constantino había prometido a su padre, en el lecho de muerte, que cuidaría de su viuda y de sus propios hermanastros, aún menores.
Ese rasgo de carácter, el rencor vengativo, es quizá uno de los más visibles en los actos de Elena. Debió atormentarla mucho a lo largo de su vida, pues tuvo una repetición muy dolorosa. También su hijo Constantino había tenido una concubina y un hijo de esa unión, llamado Crisipo. También Constantino la abandonó para casarse con la princesa imperial Fausta, hija del emperador Maximiano.

La historia se repetía y Elena la revivía como si fuera propia. Se volcó en la crianza y educación de ese nieto bastardo, Crisipo, y alimentó un odio creciente hacia su nuera Fausta.

Constantino honraba a su madre y a su esposa por igual, fomentando sin quererlo la rivalidad entre ambas. A las dos concedió el título de augusta, es decir, emperatriz, a las dos las convirtió, según se dice, al cristianismo. El aire de la corte imperial debía ser irrespirable, en especial cuando el emperador estaba ausente. Ay, las ausencias… Peores son a veces los regresos.

Un oscuro episodio, nunca esclarecido por completo, concluyó en drama:

Constantino hizo ejecutar a su propio hijo Crisipo y Elena, loca de dolor, atribuyó toda la culpa a Fausta. Su venganza no se hizo esperar: reunió pruebas de la infidelidad de su nuera y se las presentó a su hijo a la primera ocasión. Cegado por la rabia, Constantino también la mandó matar. Dos crímenes capitales en el haber de Constantino que los romanos no le perdonaron nunca, pues en ninguno de los dos casos había mediado un juicio ni se había buscado soluciones alternativas a la muerte.

VIAJE A LOS SANTOS LUGARES 

Tras la ejecución de Fausta, Elena debió quedar vacía. Ya no tenía a su nieto Crisipo para ejercer de madre; no tenía a su nuera para seguir ejercitando el odio. Tal vez entonces, en ese vacío emocional y vital, comenzara a experimentar algún remordimiento. Se refugió en la religión y tuvo una idea que jamás nadie antes había tenido: visitar los Santos Lugares a modo de expiación.

Hasta el momento nadie había pensado en Jerusalén como el escenario de la vida y el martirio de Jesucristo, ni en Belén como su lugar de nacimiento. Aquello era un territorio romano medio olvidado, polvoriento, remoto; no existía una querencia hacia el paisaje físico que había recorrido y amado el Maestro. Sólo Elena pensó en ello.

Y allí se dirigió a sus casi ochenta años con la firme voluntad de recuperar los restos materiales vinculados a su memoria terrenal: el lugar de su sepultura, por ejemplo.

Santa Elena y Heraclio al tomar la Santa Cruz de Jerusalén, óleo procedente del retablo de la Santa Cruz de Blesa, Teruel hoy en el Museo de Zaragoza.

Según cuenta la leyenda, Elena identificó el Gólgota y el lugar exacto de la crucifixión, hizo excavar allí mismo y encontró no sólo la cruz, la vera cruz, sino también la esponja con la cual le ofrecieron a Cristo agua y vinagre, un clavo, parte de la corona de espinas. Al regresar, se llevó consigo algunas de esas reliquias a Constantinopla y a Roma. En cualquier caso, aquellos territorios ya no recayeron en el olvido, sino al contrario, se convirtieron en centro de peregrinación y de conflictos que perduran hasta nuestros días.
Elena murió poco después de su retorno.

La memoria de esta emperatriz proclamada santa por la iglesia romana es bastante intensa en Roma, si se la sabe buscar.

  • En la basílica de Santa Croce in Gerusalemme, construida junto a la muralla aureliana, en el palacio Sessorio que ocupaba la propia Elena, se conservan las reliquias que ella trajo consigo; en los Museos Vaticanos está expuesto su sarcófago de pórfido, con escenas de guerra que hacen pensar que estuviera originalmente destinado a su hijo; 
  • en los Museos Capitolinos una gran dama sentada de manera relajada lleva el rostro de Elena; 
  • los restos de su mausoleo aún se conservan en Torpignattara, junto a la iglesia de San Marcelino y San Pedro.

A veces, más que en las grandes construcciones, ciertas personas o ciertos actos se perpetúan a través del calendario y de las fiestas. Así, el calendario litúrgico antiguo – no ya el actual – celebraba el 3 de mayo la Invención de la Vera Cruz, como se llamaba al hallazgo de aquellas reliquias.De ahí probablemente derivó la fiesta popular a la que hacíamos referencia al principio, el engalanamiento de las cruces aprovechando, quizá también, las romanas fiestas en honor de la diosa FloraÉstas se celebraban vistiendo ropas de alegres colores y engalanando con guirnaldas de flores las mesas de los banquetes instaladas en las calles.

Mayo es un buen mes para recordar a la augusta Elena.

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Ampa

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