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El saqueo de Ategua

TEXTO LUIS MIRANDA

En el año 45 antes de Cristo, en Ategua se libro una batalla trascendental en la guerra que enfrentaba a César con Pompeyo, por quien se había decantado la ciudad. En el camino que lleva hasta el yacimiento aparece la punta inconfundible de una flecha de hierro que debió de servir entonces. No se ven glandes, aunque cerca de Ategua se han encontrado muchos. Antonio Osuna es capaz de observar una piedra y decir que se usó como proyectil lanzada con una onda. Las mellas demuestran que rebotó contra la muralla y se partió en dos. La forma de otras delata que sirvieron para moler el trigo.

La piedra de Ategua es inconfundible por su dureza y la capa de fósiles. Alrededor del yacimiento están las canteras de las que se cortaba para construir. «Esto es para un sarcófago, porque tiene una longitud de más de dos metros», dice señalando el hueco.

Los olivos nuevos son en Ategua lo que las parcelas en Medina Azahara. Algunos se han sembrado sobre una de las murallas. Los amigos de Ategua lo han denunciado a la Consejería de Cultura que ha procedido a parar algunas obras. Pero insisten en que no siempre ha sido así y Antonio Osuna dice que está harto de que le pinchen las ruedas del coche.

A un kilómetro hay un pequeño puente romano muy bien conservado, también en terreno privado. Sirvió para salvar un arroyo hoy seco. A pocos metros, dos albercas romanas, con capacidad para un millón de litros de agua. Casi intactas, con los escalones que sirvieron para bañarse. Una de ellas apenas se divisa entre las cañas que le han crecido dentro. Nadie se ha preocupado nunca por estos hallazgos.

Ibérica primero, romana después, árabe luego y al final cristiana, Ategua estuvo habitada hasta una epidemia de peste del siglo XIV. Desde entonces, la tierra y la vegetación se la tragaron. Sólo el ganado pastoreaba por la quietud del cerro. Tres excavaciones, en 1933, 1965 y de 1979 a 1983 empezaron a descubrirla, pero también empezó su cruz. Llegaban los años del saqueo y las expediciones que acampaban y expoliaban su restos impunemente.

Situación actual

Los jubilados oyen la palabra mágica y señalan con respeto hacia su derecha por la carretera. Ategua. No hay pintadas que tapen su nombre de milenios ni insultos, pero tampoco le faltan enemigos. Se llega por un paisaje de olivos muy jóvenes, salta a la vista que demasiado. Sus troncos denuncian que no están allí tanto para el «oleum» tan querido por los romanos que dieron esplendor a la ciudad dormida como para frutos más jugosos y fáciles.

Antonio Osuna, presidente de la asociación de amigos de Ategua, gasta sus días en la lucha de poner al yacimiento en el lugar que merece. Nadie lo conoce mejor que él y pocos han clamado tanto para que se le haga caso y sea un motor de cultura y progreso económico para Santa Cruz.

Las hectáreas protegidas por la Junta están valladas a la espera de que empiecen las primeras obras. Cardos de tobas de casi dos metros de altura son los testigos de que hace meses que nadie pasa por allí.

Pero Antonio Osuna sabe que Ategua no termina allí, que fuera del recinto superior queda mucho de Ategua. Conoce la tierra como la palma de la mano y lo demuestra. A pocos metros de la muralla, fuera de la zona protegida, aparecen los primeros vestigios. Casi no se puede dar un paso sin que aparezcan restos de cerámica, que identifica a la primera. Tartésica, de color negro; ibérica, con vetas rojas. La «terra sigillata», de exquisito aspecto, que trabajaban los romanos. Y cerca de allí, la islámica, de tonos verdes.

Con facilidad

Llevárselos es tan fácil como agacharse y arrancar de la tierra lo que está a la vista. No habrá nadie para impedirlo. Hasta allí no llega el Bien de Interés Cultural ni la Junta de Andalucía se preocupa. Antonio los identifica con facilidad. En uno de ellos advierte que está hecho con un torno. Otros son asideros de utensilios domésticos. Y no faltan las afiladas herramientas de sílex, mortíferas como un puñal en una refriega.

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