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Los Oráculos

Los Oráculos

Oráculos, sacerdotisas, sibilas, los adivinos augures. Pocos pueblos en el devenir de los siglos han sido tan supersticiosos y firmes creyentes en la adivinación como los griegos y los romanos, hasta el punto de que no sólo la vida privada, sino también la vida oficial, estaban regidas por complejas redes de avisos, señales e indicios sobrenaturales que alertaban de lo porvenir.

En la antigua Grecia, los santuarios en los que los dioses daban respuestas a los mortales sobre su futuro eran los oráculos. Los griegos eran un pueblo muy supersticioso, y consultaban los oráculos con motivo de los grandes acontecimientos o por insignificantes asuntos domésticos: declarar la guerra, negociar la paz, librarse de una plaga, dictar leyes, fundar una ciudad, emprender un viaje, contraer esposa, saber si se curarían de una enfermedad… Cada dios hablaba en un oráculo específico, y se expresaba por distintos métodos, pero siempre a través de intermediarios (sacerdotes o sacerdotisas).

El oráculo de Delfos: la principal de éstas era la sacerdotisa de Apolo en Delfos, santuario de este dios porque fue allí donde mató a la serpiente Pitón; por ello se la llamó la Pitonisa. Por extensión, el nombre pitonisa se aplica a cualquiera de estas sacerdotisas que profetizaban. Las pitonisas de Delfos se elegían entre las doncellas de oscuro nacimiento. No se les exigía formación alguna, sólo que fuesen capaces de repetir lo que el dios Apolo les dictaba, que conservasen su virginidad y que se comprometiesen a vivir hasta su muerte en el santuario.

Casi nunca había más de una pitonisa en activo, aunque ocasionalmente hubo tres profetizando simultáneamente. La sibila profetizaba una vez al año, al comienzo de la primavera, y sólo admitía consultas presentadas por escrito y selladas. Antes de dar respuesta a quienes iban a consultarla, ayunaba durante tres días, se bañaba en las aguas sagradas de la fuente Castalia y mascaba hojas de laurel. Después se sentaba sobre una especie de trípode bajo el cual se prendían hojas de laurel y plantas alucinógenas, cuyo vapor la pitonisa aspiraba para profetizar. Esta práctica se llamaba dafnomancia. La mezcla del laurel y los vapores hacían que su cabello se erizase, su mirada se volviese feroz, su boca chorrease espuma y su cuerpo se convulsionase violentamente. Además, el trípode se levantaba sobre una grieta en el suelo de la cual emanaban gases tóxicos. Sacerdotes del dios tenían la función de sujetarla sobre el trípode durante el trance, mientras ella profería palabras sin sentido que, ordenadas por otros sacerdotes y dotadas ya de sentido, se convertían en la respuesta de Apolo. Al acabar el oráculo, la pitonisa era retirada y conducida a su casa, donde pasaba muchos días recuperándose.

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Fuente: laciudaddelosinmortales.blogospot.com

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