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La Plaga de Justiniano

La plaga de Justiniano fue una de las más letales que hayan azotado al mundo. Sabemos algo sobre ella por las descripciones de Procopius, secretario o archivista del reino. Los primeros casos se registraron en el año 540, en la ciudad de Pelusium, en el Bajo Egipto, y de allí se extendieron por todo el país y a Palestina, que parece haber sido el centro de difusión al resto del mundo conocido. Al principio, la mortandad no fue muy grande pero, a medida que avanzaba el verano, aumentaban los casos, hasta llegara diez mil muertes por día. No alcanzaba el tiempo para cavar las sepulturas, así que sacaron los techos de las torres y fuertes, los llenaron de cadáveres y luego volvieron a colocarlos en su lugar.

 

 Por primera vez estamos, en esta ocasión, en condiciones de emplear la palabra “plaga” con toda propiedad, pues, sin duda, se trató de la peste bubónica. Muchos enfermos entraban en coma de inmediato, mientras que otros padecían delirios violentos, en los que veían fantasmas y escuchaban voces que hablaban de su muerte. A veces, los bubones se abrían en heridas gangrenosas y el paciente moría con gran sufrimiento. Los médicos no podían pronosticar cuáles casos serían leves y cuáles fatales, se veían totalmente impotentes pues no se conocía un remedio para el mal. Al final de la plaga, un 40 por ciento de la población de Constantinopla había muerto.

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