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Las almas de los muertos, en la Antigua Roma

 UN VIAJE AL INFRAMUNDO ROMANO

 Artículo Javier Ramos. Introducción Marcos Uyá

INTRODUCCIÓN

Marcós Uyá/Más allá de las Fronteras

Desde su origen, el ser humano siempre ha creído en la existencia de fantasmas, en base al miedo que tenía sobre la posibilidad de que los muertos retornasen a la Tierra con el fin de atormentar a los vivos.

Las antiguas civilizaciones como los babilonios, egipcios, asirios, etc., realizaban complejas ceremonias destinadas a asegurar el descanso eterno de las almas de los difuntos con el fin de aplacar a los espíritus, que podían presentarse adoptando, no sólo apariencia humana, sino como demonios, animales e incluso plantas.

Los antiguos griegos y romanos creyeron que las almas inquietas de los muertos, vagaban por el mundo, perseguían a los malos y aterrorizaban a las personas de buen corazón, presentándose de diversas maneras: sombras oscuras, extrañas manchas negras o incluso presencias prácticamente invisibles.
En Roma, las gentes se acostumbraron a la presencia de fantasmas e incluso, celebraban fiestas a lo largo del año para, no sólo aplacar a los espíritus, sino para tratar de mantener buenas relaciones con ellos.

Quizás, la más antigua conocida sea las Lemuralia o Lemuria, celebradas en la antigua Roma, cuya correspondencia actual la vinculamos al Día de Todos los Santos.

Esta fiesta romana se celebraba en mayo e incluía ritos para exortizar los espíritus de los difuntos e impedir que contaminaran las casas de los vivos con su energía negativa. Se tenía la costumbre de que el pater familias de la casa, se levantara a medianoche y por el pasillo, dejara un rastro de judías pintas tras de sí, para asegurarse de que los espíritus recogieran la ofrenda, al mismo tiempo que, hacía sonar un pesado címbalo de bronce para ahuyentarlos hasta el año siguiente.

 

EL MÁS ALLÁ EN LA ROMA ANTIGUA

Javier Ramos/ La vida en la Antigua Roma

Los antiguos romanos entendían que los difuntos trataban de aferrarse a la vida, a un mundo al que ya no pertenecían, por lo que el tránsito al Más Allá” debía realizarse de forma correcta, como marcaba la tradición, con una serie de actos ceremoniales.

 

El hecho de no llevar a cabo este tipo de rituales suponía que los Manes, -deidades domésticas que representaban espíritus de antepasados-, se negaban a acoger al difunto porque no estaba purificado.
Pero tampoco podía volver a la vida, y se encontraba atrapado entre dos mundos.

En esta situación adoptaba una actitud de venganza contra los vivos.  Un sabio como Cicerón consideraba que;

“Existían algunos que defendían que la muerte era la separación del alma del cuerpo; otros sostenían que no se producía ninguna separación, sino que alma y cuerpo perecen juntas y que el alma se extingue con el cuerpo; entre los que sostienen la tesis de la separación del alma, unos aseguran que ésta se disipa rápidamente; otros, sin embargo, que vive eternamente”.

EL VIAJE AL MÁS ALLÁ

Bajo la lengua le colocan una pequeña moneda de plata; se trata del óbolo que el difunto tendrá que pagar a Caronte, el barquero de la laguna Estigia que transporta a la otra orilla las almas de los muertos. Con este ceremonial de origen etrusco, los romanos despedían de la vida terrenal a los allegados que expiraban su último aliento y preparaban su viaje al Más Allá.

En la otra orilla, el muerto se topará con  el can Cerbero, un perro de tres cabezas que pertenece al Padre Dis, dios del ultramundo. El can trata de ser amistoso; no lo es cuando alguien intenta salir del ultramundo sin autorización.

El Can Cerbero es el perro del infierno, utilizado ya por la mitología griega, despues por los romanos. Era el monstruo de tres cabezas y cola larga de serpientes, al cuidado de las almas del inframundo. Dante también lo menciona en su Divina Comedia.

En este largo devenir por el mundo de los muertos, el alma del romano se encontraba ante tres jueces: Minos, Radamantos y Aeacus, quienes le preguntaban sobre su vida. Tras relatársela, se le ungía con agua del río Leta, uno de los cinco que discurrían por el inframundo. El fluido le purgaba y permitía olvidar su existencia terrenal.

El Tártaro el lugar más profundo del inframundo

A continuación, el fallecido era enviado a los campos Elisios (una versión del paraiso) si había sido un buen guerrero, a la llanura de Asfodel si había sido un ciudadano ejemplar, o por el contrario al Tártaro, donde debía pagar una penitencia si había osado ofender a los dioses. Allí sería castigado hasta que su deuda con la sociedad se hubiera satisfecho.

El mundo romano no consideraba que existiera una condena eterna en el inframundo, aunque se podía permanecer mucho tiempo. El castigo dependía del crimen cometido en vida.

Caronte, el barquero y Perséfone

Se le daba a tomar el agua del olvido y se le devolvía río a través del Estigia con un obsequio para el can Cerbero. Por su parte, su homólogo masculino, Dis, eximía al dios de la muerte, Mors o Tánatos, de hacer este delicado trabajo.

Sin embargo, Dis, no era el dios de la muerte. No decidía quién vivía y quien moría. Tal compromiso final lo determinaban las tres Parcas: Nona, Décima y Morta, unas deidades de origen griego que personificaban el destino, regían la vida y los acontecimientos humanos.

Evolución:

A partir del siglo III, con la extensión del cristianismo, apareció una nueva creencia que se basaba en la existencia de una vida después de la muerte, y no ofrecía una solución individual como en el paganismo, sino una colectiva.

 

Bibliografía:

  • Roma de los Césares; Juan Eslava Galán.
  • La sociedad romana; Paul Veynne.
  • Mitología romana; Francesc Cardona.
Marcador

Ampa

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