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El amor más allá de la muerte; Ines de Castro, la reina póstuma

INÉS DE CASTRO Y PEDRO I DE PORTUGAL 

Corona de amor y muerte

Sandra Cerro/ Perfiles de la Historia

“Como pura azucena que cortada
Antes de tiempo fue cándida y bella,
Siendo entre los cabellos maltratada
Por mano esquiva de vivaz doncella,
Pierde aroma y color ya marchitada,
Tal muerta está la Lusitana estrella:Secas las puras rosas, y perdida
La luz del rostro con la dulce vida”.
(Los Lusiadas, CXXXIV, Camoés)

En la abadía cisterciense de Santa María de Alcobaça, considerada como una de las Siete Maravillas de Portugal, asombra al turista encontrar dos sarcófagos de mármol blanco, discretos, sin alarde alguno de ostentación, situados uno a cada lado de crucero y enfrentados entre sí, en la distancia que entre ellos interpone la amplia nave de templo.

 

Algunos amantes peregrinos han depositado, entre las manos de las esculturas yacentes, algunas flores…


INÉS DE CASTRO, LA REINA PÓSTUMA

Portugal, año 1351.

La comitiva nupcial de la infanta española Constanza Manuel se aproxima a los reinos de don Pedro I de Portugal,  también llamado El Justiciero”, con quien la infanta se dispone a contraer matrimonio.

Entre las damas de corte, una esbelta y bella joven de cabellos claros, mirada profunda y cuello de cisne, capta al instante la atención y roba de inmediato el corazón al príncipe don Pedro.

LOS AMANTES: PEDRO I, E INES DE CASTRO

Ella se llama Inés de Castro, nacida en A Lamia, gallega y española.

El romance entre Pedro e Inés se va a convertir, desde las nupcias, en un secreto a voces. El problema real fue que aquella no era una relación de mero capricho. Inés y Pedro se amaban profundamente; su relación de concubinato duró varios años, y trajo al mundo a cuatro hijos: Juan, Dionís, Beatriz y Alfonso (muerto al poco de nacer). Ambos amantes estaban destinados a hacer historia, no sólo en la Historia del mundo, sino en la Historia de las historias de amor…

“- Escucha, Pedro, voy a confesarte algo que ninguna mujer confiesa. Si la primera vez que llegaste a mi puerta, en lugar de prometerme amor eterno, me hubieses dicho que era sólo por aquella noche, me habría entregado lo mismo para tener siempre algo hermoso que recordar. Cuando volviste al día siguiente, pensé que eras galante. Cuando volviste otra vez que eras generoso. Y, de repente, cuando ya no necesitaste volver porque ya no te fuiste, toda yo me puse a temblar con ese miedo feliz de quien está viviendo un milagro. Te hubiera dado las gracias toda mi vida por una sola noche, y no ha sido una, ni cien, ni mil ¡Son ya diez años llenos de tí, día por día! ¿Será posible todavía más…, o habrá un castigo allá arriba para los que hemos sido demasiado felices?

– ¿Lo eres en este momento? — ¿Por qué lo preguntas, si estoy contigo?– Porque es una felicidad bien extraña la tuya, con los ojos húmedos. Una felicidad con todos los gestos de la tristeza, como si en vez de vivirla la estuvieras recordando.- ¿No es eso lo que los portugueses llamáis “saudade”?– No, “saudade” es una pena de ausencia que se siente lejos-.- ¿Qué es lejos para ti?– Otros árboles, otra manera de hablar, otro país– Demasiado. Para una mujer es lejos todo lo que está más allá de sus brazos.- ¿“Saudade”? es el dolor del bien perdido, y tú no has perdido nada aún-.- ¿No estoy perdiendo algo tuyo a cada momento? Cuando acabas de besarme, ya siento “saudades”? de aquel beso que se va. Cuando te duermes, aún no has terminado de cerrar los párpados, y ya tengo “saudades”? de tus ojos-“

Pero, como suele suceder, a las bellas historias de amor que merecen un final feliz, no se les concede el valioso don de poder tenerlo.

El rey Alfonso IV, padre de Pedro I, veía en la mancebía de su hijo un inconmensurable riesgo para la corona. Los hermanos de Inés eran aliados del enemigo reino de Castilla, y los tres hijos habidos de la relación de pecado entre su hijo e Inés, una amenaza para la sucesión. Todo ello provocaba el desvelo del viejo rey, que decidió cortar por lo sano y elegir la opción más radical de todas cuantas hubiere: asesinar a la bella de cuello de cisne.

Representación del pintor Karl Briullov(1799-1852) del asesinato de Inés de Castro en presencia de sus hijos . Los sicarios Pedro Coelho, Diego Lopes y Álvaro González, apuñalan a Inés en presencia del rey Alfonso IV.

“-No me hagáis daño. Me llaman “cuello de cisne”… ¡y con un cuello así debe de ser tan fácil!-

Te lo prometo- dijo Pacheco- Reza, Inés-.

Pacheco mira a los otros como una orden, y las tres dagas, relucientes, se desnudan al mismo tiempo. Inés cierra los ojos”

Lo que el rey Alfonso no sabía es que había ordenado asesinar a la esposa y no a la que él creía solamente una amante. Pedro e Inés se habían casado en secreto, hacía un año ya.

“¡Aquí mis capitanes! ¡Mis peones de espada, mis hidalgos de lanza!…¡Todas mis armas contra mi padre! ¡Pescadores del Duero…, labradores del Miño…, pastores de Tras-os-Montes!…¡Todo mi pueblo contra mi padre! ¡Y tú, brazo rabioso; y tú, pecho de hieles; y vosotras, entrañas!… ¡Toda mi sangre contra mi padre!….¡¡Portugal contra el rey!!”

REINA DESPUÉS DE MUERTA

Cuando Pedro se enteró del asesinato de su amada, explotó en cólera y se alzó contra su padre, provocando una guerra civil que duró varios años, hasta su coronación como rey, en 1357, tras la muerte del rey Alfonso. Tras vengar la muerte de Inés ajusticiando a sus ejecutores, proclamó su matrimonio con ella como válido ante las Cortes de Cantahede, y ordenó desenterrar el cadáver de su esposa para poder así coronarla reina, como ella tanto merecía.

“-No soy yo quien tiene derecho a esta corona. Otras sienes más dignas la tendrán más allá de la muerte. Que esta mujer, que hemos matado entre todos, nos dé a todos una vida nueva. Que su imagen de amor nos devuelva a todos el amor… y la paz. ¡Dios te salve, doña Inés, reina de Portugal!”

Y así fue. Inés, la reina póstuma, subió al trono después de muerta.

Cuenta la  leyenda -como toda fabulosa leyenda a la que toda historia real quiere abrazarse-, que un cortejo de nobles fue desfilando, sumido en un respetuoso silencio, ante la macabra momia coronada de Inés, besando su mano muerta en señal de pleitesía a la nueva reina.

Inés fue enterrada después definitivamente en la Abadía de Alcobaça, que el rey don Pedro ordenó construir como mausoleo para los dos. Él dispuso que los dos sepulcros se colocaran enfrentados por los pies, y situados a ambos lados del crucero, y no uno junto al otro como las tradicionales tumbas matrimoniales. 

Sólo de esta forma, Pedro podía vivir y morir con la esperanza de que, llegado el día de la resurrección, cuando ambos cuerpos se incorporaran de sus lechos de muerte, al mismo tiempo, lo primero que verían frente a sí sería el rostro del ser amado.

“El caso triste y digno de memoria,Que a huésped del sepulcro desentierra Aconteció de mísera y cuitada,Que fue después de muerta coronada”.(Los Lusiadas, CXVIII, Camoés)

Sandra Mª Cerro

Grafóloga y Perito calígrafo

www.sandracerro.com

Nota: los fragmentos en cursiva pertenecen a la obra teatral de Alejandro Casona, “Corona de Amor y Muerte”, 1955

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