Dido, la reina de Cartago que se suicidó por desamor

FEBRERO: DIDO, REINA DE CARTAGO 

Por Isabel Barceló Chico

Muchas son las mujeres que en el filo entre la historia y la leyenda han dejado una huella imborrable en nuestra cultura. El que hubieran tenido existencia o no, el que su ser real – si lo tuvieron – se aproxime más o menos a las versiones que de ellas nos han llegado, no invalidan en absoluto el efecto que ha tenido en la sociedad el conocimiento de sus vidas narradas.

Esto ocurre con una mujer singular: Elisa o Dido, originaria de la ciudad fenicia de Tiro, de cuyo rey era hija.

A lo largo de los siglos la figura de Dido fue ensalzada por su virtud,  puesta como ejemplo para otras matronas y/o alternativamente denostada por haberse dejado arrastrar por la pasión amorosa…

Casada con el sacerdote de Melqart, el más importante dios fenicio, a la muerte de su padre ella y su hermano se disputaron el trono, sin que se conozcan los detalles.

Sí se sabe que su hermano asesinó a su marido y Dido decidió huir con un grupo de fieles, probablemente con la esperanza de retornar algún día.

No se fue de vacío, pues robó el tesoro del templo de Melqart e hizo creer a sus perseguidores que lo había arrojado al mar.

Con ello demostró mucha astucia, pues así evitaba un acoso sin tregua por parte de su hermano.

 

Tras un largo peregrinaje por el Mediterráneo – en gran parte inexplorado – buscando un lugar donde asentarse con los suyos, recaló en el territorio de los libios, en el norte de África, y allí fundó una ciudad a la que llamó “Ciudad nueva”, la famosa Cartago que llegaría a superar en esplendor a Tiro y disputaría a los romanos la supremacía en el mare nostrum.Consiguió fundarla valiéndose de nuevo del ingenio y la astucia, pues el rey Yarbas de Libia le había regalado una piel de toro y el trozo de tierra que ésta ocupara; el resto del terreno que necesitase para su ciudad debería pagarlo.

Dido hizo cortar en finas tiras la piel de toro, las unió y las utilizó a modo de cuerda para delimitar la superficie más extensa posible.

El ingenio, la belleza y la poderosa personalidad de la reina debieron impresionar profundamente al rey Yarbas, quien quiso casarse con ella.

Para evitar ese matrimonio, indeseado por su parte, Dido se quitó la vida.

Y a este respecto surgen dos versiones que de un modo u otro, y con más o menos fortuna, han llegado hasta nosotros.

Una de ellas nos relata que se quitó la vida para no renunciar a su ideal de mujer “univira”, es decir, mujer de un solo marido.

El no querer contraer un nuevo matrimonio la hizo tomar aquella decisión.

La otra versión, que por su belleza ha tenido más fortuna, la dio Virgilio en su magno poema épico “La Eneida”.

En él relata las vicisitudes del príncipe troyano Eneas quien, fugitivo de Troya, vagó por los mares en busca de las playas del Lacio donde fundaría una nueva Troya, según le había prometido Júpiter.

Pues bien, durante ese periplo marítimo, las naves de Eneas habrían sido arrojadas por una tormenta a las playas de Cartago.

Allí acogió la reina Dido generosamente a los troyanos y, por voluntad de Venus, entre ella y Eneas surgió una intensa pasión amorosa.

Cuando Eneas, a escondidas de su amante, decidió partir para seguir su ruta y, pese a ser descubiertos sus planes, se negó a cambiarlos para salvar a Dido de las amenazas del rey Yarbas, el drama estallaría.

Y aseguraban los romanos que la enemistad feroz que había enfrentado a Cartago y Roma a lo largo de los siglos, se había dirimido en tres grandes guerras (las llamadas guerras púnicas) y se había saldado con la destrucción de Cartago hasta sus cimientos, tenía su raíz en aquellos amores, o, mejor dicho, en el desamor que llevó a Dido a la muerte, no sin antes haber proclamado un odio eterno de su pueblo contra los troyanos (de los cuales, a través de Eneas, se tenían por descendientes los romanos).

A lo largo de los siglos la figura de Dido fue ensalzada por su virtud,  puesta como ejemplo para otras matronas y/o alternativamente denostada por haberse dejado arrastrar por la pasión amorosa. Ante ella no cabe la indiferencia, es preciso tomar partido: comprenderla, admirarla, o rechazar su conducta.

EL PELIGRO DEL AMOR 

Lo que nos sigue concerniendo hoy, sin embargo, no es tanto la veracidad de lo acaecido – como decíamos al principio – sino el hecho de que Dido y su historia vienen a representar los peligros del amor pasional, al que los romanos temían más que a una tormenta.

La pasión amorosa subvierte los valores de la sociedad, acarrea el mal a quienes la experimentan y arrastra consigo no sólo al individuo, sino a toda su familia e incluso a un pueblo entero y sus terribles consecuencias pueden perdurar durante siglos.

Así, los ciudadanos romanos debían estar siempre en guardia, no dejarse influir ni dominar por el amor. Cuando el deber y/o la patria llaman a un ciudadano romano, su corazón debe cerrarse y ser insensible, ciego y sordo a los ruegos y las súplicas de una mujer, aunque se halle en el mayor peligro. Exactamente como hizo el padre Eneas.

Nota: Isabel Barceló es autora de una novela “Dido reina de Cartago” sobre esta apasionante historia de la reina fenicia en el origen de Cartago. Os dejamos la entrevista concedida a nuestra revista digital.

Artículos relacionados:

Cartago origen de un Imperio 

El mito de Eneas y la Eneida de Virgilio 

 

1 Comentario a "Dido, la reina de Cartago que se suicidó por desamor"

  1. 12 febrero, 2013 - 19:44 | Enlace permanente

    Isabel, Impecable tu claridad y sapiencia.
    Arqueabrazo

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1 Trackback a "Dido, la reina de Cartago que se suicidó por desamor"

  1. el 13 febrero, 2013 a las 10:31